Por Luis O. Vasta, periodista médico
Las abejas son mucho más que productoras de miel. Son las
arquitectas de la biodiversidad global: gracias a su trabajo de polinización,
los cultivos rinden más y la vida vegetal se mantiene en pie. Sin embargo, en
el mundo moderno, estos insectos se enfrentan a un enemigo invisible y
silencioso: los agroquímicos sintéticos.
A diferencia de las defensas naturales que tienen algunas
plantas (colores o sabores amargos), los pesticidas creados por el hombre son
sustancias con las que las abejas no evolucionaron. Por eso, muchas veces no
pueden detectarlos a simple vista o por el olfato. Pero un reciente estudio
publicado en la revista Scientific Reports trae una luz de esperanza sobre la
capacidad de resiliencia de la naturaleza.
El experimento: aprender del error
El equipo de investigación, integrado por Catalina Hunkeler,
Rocío Lajad, Walter Farina y Andrés Arenas (CONICET/UBA), se propuso responder
una pregunta vital: ¿Pueden las abejas aprender a reconocer un peligro
artificial?
Para ello, trabajaron con abejas jóvenes y las expusieron a
dos tipos de polen (colza y flor amarilla). Uno de ellos estaba
"aderezado" con concentraciones ambientales de:
Glifosato: un herbicida que daña su flora intestinal.
Imidacloprid: un insecticida que afecta su memoria y
orientación.
Al principio, las abejas comían de ambos platos sin
distinción. No sabían que uno era tóxico. Sin embargo, con el paso del tiempo,
el comportamiento cambió drásticamente.
“Al cabo de un tiempo, pudieron discriminar cuál era el polen
que estaba contaminado, posiblemente porque 'les caía mal', y entonces sesgaba
su consumo hacia el otro polen”, explica el Dr. Andrés Arenas.
Memoria a prueba de tóxicos
Lo más sorprendente ocurrió después. Los científicos les
ofrecieron nuevamente ambos tipos de polen, pero esta vez completamente
limpios. Las abejas que habían tenido la mala experiencia previa siguieron
evitando el polen que antes estaba contaminado. Habían generado una memoria de
aprendizaje; recordaban qué planta les había provocado malestar y decidían no
volver a ella.
Un escudo para la colmena
Este hallazgo no es menor. Las abejas jóvenes son las
encargadas de alimentar a las larvas (el futuro de la especie). Si las
"niñeras" de la colmena aprenden a rechazar el polen tóxico, actúan
como un filtro que reduce la exposición de las larvas a los contaminantes.
Aunque la actividad humana sigue modificando el entorno a un
ritmo acelerado, este estudio demuestra que la naturaleza tiene sus propios
mecanismos de defensa. Las abejas están luchando por adaptarse, demostrando una
inteligencia y una capacidad de supervivencia que, hasta hoy, permanecía oculta
bajo sus alas.
Fuente: Nex Ciencia /Gabriel Stekolschik 02/03/2026

