Por Luis O Vasta, periodista médico
El concepto de "casta" fue, durante la campaña de
Javier Milei, una categoría moral antes que política. No se trataba solo de
pertenecer a una estructura de poder, sino de utilizar los recursos del Estado
—pagos con "la nuestra"— para beneficio personal, familiar o de
amigos. Sin embargo, los recientes eventos que involucran al Jefe de Gabinete,
Manuel Adorni, y otros funcionarios de alto rango, sugieren que la casta no es
un grupo de personas, sino un set de costumbres que resultan demasiado
tentadoras para quienes acaban de llegar al poder.
La comodidad del avión oficial
La presencia de Bettina Angeletti,
esposa de Adorni, en la comitiva oficial a Estados Unidos sin poseer un cargo
público ni funciones asignadas, es más que una anécdota de viaje. Es un
síntoma. El uso del ARG-01 —un bien del Estado destinado estrictamente a fines
institucionales— para trasladar a familiares bajo el argumento de
"conferencias cercanas" o simples acompañamientos, replica
exactamente la misma lógica de privilegio que el actual gobierno denunció con
vehemencia durante años.
La contradicción se vuelve más aguda
al observar el mapa familiar de los beneficios. Desde el ascenso supersónico de
Francisco Adorni en el Ministerio de Defensa hasta los vínculos históricos de
su círculo íntimo con la Legislatura bonaerense, se dibuja un patrón que
desafía la idea de una "nueva política" libre de nepotismo.
La casta como espejo
¿Qué define hoy a la casta? Si nos
guiamos por el manual libertario original, es aquel que vive del esfuerzo
ajeno. Pero cuando los viáticos, los asientos en aviones oficiales y los
nombramientos de parientes se vuelven moneda corriente en la gestión actual, el
término "casta" parece estar sufriendo una mutación semántica: ya no
es el "otro" político, sino el estilo de vida que el poder permite.
"El problema no es solo el
gasto, sino la erosión de la ejemplaridad. En un contexto de ajuste severo, el
uso discrecional de los recursos públicos por parte de quienes predican el
sacrificio ajeno se convierte en una afrenta ética."
Conclusión: El costo de la coherencia
No ser casta cuesta,
fundamentalmente, porque implica renunciar a las comodidades que el Estado
ofrece a quienes lo administran. Para el ciudadano de a pie, que observa cómo
los vuelos oficiales se llenan de familiares mientras se le pide un esfuerzo
histórico, la distinción entre los "de antes" y los "de
ahora" comienza a desdibujarse.
Fuente: LPO
