Por: Redacción
Humanitaria
El pasado marzo de 2026,
la Asamblea General de las Naciones Unidas fue escenario de un hecho inédito
para la diplomacia sudamericana. Argentina, históricamente pionera en la
abolición de la esclavitud, se sumó a un escueto grupo de apenas tres países (junto
a EE. UU. e Israel) para votar en contra de una resolución impulsada por Ghana.
El texto buscaba declarar
la esclavitud transatlántica como el "crimen más grave de la
historia" y abrir el debate sobre reparaciones históricas. Una ruptura con
la identidad argentina.
La postura del actual Ejecutivo parece ignorar
que la lucha contra la esclavitud es un pilar fundacional de nuestra nación:
1813: La Asamblea del Año
XIII dictó la Libertad de Vientres, uno de los hitos abolicionistas más
tempranos del mundo.
1853: La Constitución
Nacional abolió definitivamente la esclavitud en su artículo 15, declarando que
"en la Nación Argentina no hay esclavos".Jerarquía Constitucional:
Argentina es signataria de múltiples tratados internacionales (como el Pacto de
San José de Costa Rica) que condenan la esclavitud como un crimen de lesa
humanidad imprescriptible.
El argumento oficial para
este rechazo se centró en evitar la "agenda woke" y los reclamos de
reparaciones económicas. Sin embargo, desde una óptica humanitaria, la pregunta
es: ¿Se puede reducir la condena a la mayor tragedia humana de la historia a
una disputa de política interna o económica?
El impacto: Entre la
ética y la geopolítica
La decisión ha tenido un
efecto dominó inmediato. En el plano estratégico, la candidatura de Rafael
Grossi para la Secretaría General de la ONU ha quedado herida de gravedad. Los
55 votos de la Unión Africana, esenciales para cualquier aspiración global,
parecen inclinarse ahora hacia figuras como Michelle Bachelet, percibiendo el
voto argentino no como una postura técnica, sino como una falta de empatía
hacia el dolor histórico del continente africano.
Para el ciudadano común,
el riesgo es el aislamiento moral. Al alinearse incondicionalmente con posturas
que relativizan crímenes de lesa humanidad bajo el pretexto de "batallas
culturales", el gobierno corre el riesgo de defraudar a un electorado que,
más allá de sus preferencias económicas, comparte un consenso básico: la
dignidad humana no es negociable
¿Una violación a la Ley
Suprema?
El debate sobre la inconstitucionalidad.
La
decisión del Ejecutivo de no acompañar la condena internacional a la esclavitud
abre un interrogante jurídico de extrema gravedad: ¿Está el Presidente
ignorando la Constitución que juró defender?
Juristas y expertos en
derecho internacional señalan que esta postura podría entrar en colisión
directa con la Carta Magna por dos vías:
El Artículo 15 de la
Constitución Nacional: Es taxativo al declarar que "en la Nación Argentina
no hay esclavos" y calificar cualquier contrato de compra y venta de
personas como un crimen. Al rechazar una resolución que define a la esclavitud como
el "crimen más grave de la historia", el Estado argentino se
posiciona en una ambigüedad que contradice el espíritu abolicionista
fundacional de 1853.
La Jerarquía de los
Tratados (Art. 75, inc. 22): Argentina otorga jerarquía constitucional a
tratados de Derechos Humanos que consideran la esclavitud como una violación
absoluta. El incumplimiento de estos compromisos internacionales no es solo una
"decisión política", sino una omisión de los deberes del Estado que
podría comprometer la responsabilidad internacional de la República.
El fantasma del Juicio
Político por "Mal Desempeño"
Bajo este escenario, en
el Congreso de la Nación comienza a circular la posibilidad de un Juicio
Político, basado en la causal de "mal desempeño de sus funciones"
(Artículo 53 de la Constitución).
Los argumentos que
sostendrían una eventual acusación se centran en:
Incumplimiento de
deberes: El abandono de la defensa de derechos humanos que forman parte del
bloque de constitucionalidad.
Perjuicio al interés
nacional: El "lastre" diplomático que menciona el cuerpo diplomático
de la ONU, donde el voto argentino no solo aísla al país moralmente, sino que
daña activamente candidaturas estratégicas (como la de Rafael Grossi) y las relaciones
con continentes enteros (África).
Si bien el juicio
político es una herramienta de última instancia y requiere mayorías agravadas
(dos tercios de ambas cámaras), el hecho de que se plantee por una cuestión de
derechos humanos marca un punto de ruptura inédito. Para una parte de la ciudadanía
y de la oposición, pasar por alto tratados de lesa humanidad para sostener una
alineación ideológica particular no es solo una mala política exterior, sino
una causal de remoción por afectar el orden jurídico y ético de la Nación.
¿El camino hacia el
aislamiento total? La salida de la ONU
El entusiasmo de Milei
por emular las políticas de Donald Trump —quien ya ha retirado a EE. UU. de
decenas de organismos internacionales— sugiere que la "próxima
jugada" podría ser el abandono definitivo de la ONU. Tras la reciente
salida efectiva de Argentina de la OMS en marzo de 2026 y el retiro del Consejo
de Derechos Humanos, el horizonte del unilateralismo parece consolidarse.
Sin embargo, salir de la
ONU no es solo un trámite administrativo; es renunciar a la mesa donde se
discute la paz y la dignidad global. Para un país que siempre se enorgulleció
de sus valores humanitarios, seguir este camino de aislamiento podría significar
una defraudación definitiva para el electorado que busca libertad, pero no a
costa de la ética básica.
No se trata de izquierda
o derecha, sino de la coherencia de un Estado que siempre ha dicho "Nunca
Más" a la opresión. La política exterior debe ser un reflejo de los
valores de su pueblo.
Negar el reconocimiento pleno a las víctimas de la esclavitud
en el siglo XXI es, para muchos, un acto de crueldad innecesaria que nos aleja
del mundo civilizado y de nuestra propia esencia libertaria original.

