Por Luis O Vasta, periodista médico
Corría la década del 80 y, entre el sonido de las tijeras y
el olor a fijador, se libraba una batalla lingüística silenciosa en una
peluquería española. Allí, un argentino —confiado en su dominio del castellano—
soltó la palabra mágica: "cuadra".
Para el peluquero, hombre de peine
firme y léxico estricto, la reacción fue instantánea. "Hombre, que la
cuadra es donde están los animales", sentenció, mientras el cliente
argentino intentaba explicar que no buscaba un pesebre, sino simplemente
caminar cien metros. En España, la ciudad se mide en calles; en Argentina, la
medimos en bloques, en esos cuadrados perfectos que heredamos del damero
colonial y que bautizamos, para confusión de la Madre Patria, como cuadras.
Pero el duelo no terminó ahí. El
siguiente round llegó con el verbo "agarrar". Al intentar describir
una acción cotidiana, el peluquero volvió al ataque con una lógica implacable:
"Tú no puedes agarrar, las que agarran son las fieras con sus garras.
Debes decir tomar". Una lección de semántica que dejaba al argentino
sintiéndose más cerca de un puma de la Pampa que de un civilizado transeúnte
madrileño.
La estocada final, sin embargo, la
dio el español sin siquiera saberlo. Con la naturalidad de quien da una
indicación de tránsito, soltó la frase que a cualquier rioplatense le dispara
una carcajada interna: "Coge el metro".
Esa es la magia de nuestro idioma.
Mientras el peluquero español veía garras y establos, el argentino veía
distancias y colectivos. Al final, entre cortes de pelo y correcciones
gramaticales, lo que queda es la risa: la única lengua que no necesita traducción
ni diccionarios, y que nos recuerda que, aunque usemos palabras distintas,
siempre terminamos entendiendo de qué lado de la vereda (o de la cuadra)
estamos parados.




