Por: Luis O Vasta, periodista médico
Arribé a Los Pinos casi inmediatamente después de instalarme en Balcarce,
allá por 1993. Debía dos veces por semana acudir a la salita de atención
primaria, ubicada estratégicamente frente a la plaza principal, flanqueada por
la comisaría y el predio parroquial. Lo primero que me llamó la atención, cada
vez que entraba o salía de mi labor médica, era observar la inmensa mole de
piedra que se levantaba por detrás de la salita.
Los Pinos se encuentra a escasos 15 kilómetros de la ciudad de Balcarce,
enclavado en un paisaje de sierras bajas donde el horizonte se quiebra
sutilmente. Es un pequeño enclave rural que, a pesar de su escala reducida, se
despliega como un refugio de tranquilidad en medio del partido. Allí, la historia se cuenta en dos tiempos: el de la
piedra y el del hombre. Mientras la imponente mole del cerro —la cantera—
dominaba el paisaje con su pasado productivo, el pueblo se sostenía en la
prolijidad casi atemporal de su plaza y en la solidez de la arquitectura de
Francisco Salamone, que desde 1936 vigila la zona. Sin embargo, para aquel
1993, ese equilibrio ya se sentía frágil; el silencio que comenzaba a reinar en
la estación, tras la partida definitiva de los trenes, parecía fundirse con la
melancolía de los vecinos ante la pérdida de su fuente de trabajo.
Esa cantera me producía una atracción incomprensible; absorbí esa
visión como parte esencial de la belleza del paisaje. Más tarde, los pormenores
de esa cantera llegarían a mis oídos, pero todos los relatos de los lugareños
dejaban traslucir una profunda melancolía: la tristeza de haber perdido la
fuente de trabajo que les dio origen. En aquel entonces, año 1993, el predio
vivía bajo la incertidumbre y el conflicto. Al cabo de un tiempo, mi función de
médico de atención primaria allí cesó y mis visitas a Los Pinos se hicieron
menos frecuentes, pero la inquietud por aquel coloso de piedra permaneció. Hoy,
decido retomar aquel hilo para reconstruir la historia de la Cantera de Los
Pinos.
Un gigante en el corazón de la sierra
La historia de la cantera está indisolublemente ligada a la identidad
ferroviaria y constructiva de nuestra región. Su génesis se remonta a los
albores del siglo XX, cuando la empresa francesa Société des Grands Travaux de
Marseilles comenzó la explotación para abastecer de granito la construcción del
Puerto Quequén.
Fuente "El Liberal" 1952 - Hemeroteca del Centro Cultural Salomone
Lo que inició como una concesión técnica, rápidamente se transformó en un
fenómeno social. Bajo la explotación de la Sociedad Sierras de Balcarce, la
cantera se modernizó —incluyendo rompedoras giratorias de alta capacidad— para
nutrir obras emblemáticas: desde el Puerto Belgrano y la pista del Aeropuerto
de Ezeiza, hasta el Banco del Hogar Argentino y nuestra red vial provincial.
El esplendor de un pueblo
Durante décadas, Los Pinos no fue solo un punto en el mapa; fue un pueblo
floreciente. El "picapiedrero" —inmigrantes españoles, italianos,
yugoslavos y griegos— se convirtió en el arquetipo de una fuerza laboral que
dio vida a tres hoteles, quince bares y una estación de trenes que trabajaba
sin pausa. Llegaron a habitar este paraje entre 3.000 y 5.000 personas. El
ruido de la dinamita y el golpe rítmico del acero contra la cuarcita marcaban
el pulso vital de la comunidad.
Imagen de
La verdadera escala de la actividad en Los Pinos no solo se medía en la
altura de la piedra, sino en el minucioso control que la empresa ejercía sobre
cada jornada. Aquel ritmo frenético de extracción, que comenzó a intensificarse
hacia 1925, dejó un rastro curioso y tangible: las fichas de control por
vagonetas.
Eran pequeñas piezas de
bronce y aluminio, acuñadas por A.N. Barés, que funcionaban como la moneda
interna de este coloso de piedra. Cada vez que un trabajador llenaba una
vagoneta, recibía este metal como comprobante de su esfuerzo. Existían fichas
para la 'arcilla' y otras para la 'piedra marronada', una distinción que
revelaba no solo el valor comercial de lo extraído, sino el rigor
administrativo de la época. Para el obrero, aquel trozo de metal en el bolsillo
era el certificado de su sudor; al final del día, estas fichas eran el
termómetro preciso de la producción que definía su salario.
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El ocaso y la metamorfosis
El cierre definitivo en 1972, gatillado por cambios en la logística
nacional y el agotamiento del modelo, marcó el inicio de una metamorfosis
profunda. El pueblo pasó de la ebullición industrial al silencio de los apenas
300 habitantes que hoy custodian la memoria del lugar. Aquellos años 90 que yo
conocí estuvieron marcados por la tensión del conflicto por el uso del suelo,
un debate que, en el fondo, era una pulseada entre la nostalgia del
"progreso" perdido y la incertidumbre sobre el impacto ambiental.
Sin embargo, la piedra no ha quedado en el olvido. La reciente inauguración
del "Paseo de la Cantera" en 2023, con sus 3.5 km de recorrido,
miradores y una impronta cultural y espiritual, es un hecho fundacional para el
turismo local. Es un ejercicio de resiliencia: transformar lo que alguna vez
fue un "pasivo minero" en un activo que nos permite contemplar, con
una nueva sensibilidad, el horizonte de nuestro Balcarce.
Caminar hoy por esos senderos es reconocer que nuestra identidad está
tallada en ese mismo granito. La cantera ya no nos ofrece materiales para
construir puertos, sino el espacio necesario para reconstruir nuestra memoria
colectiva.
La construcción de nuestra historia es un camino que recorremos entre
todos. Si tienes algún recuerdo, fotografía o historia personal sobre los años
de labor en la cantera o la vida en Los Pinos, me encantaría conocerla. Te
invito gentilmente a compartirla enviando un correo a jyletras@gmail.com,
incluyendo tu nombre para que podamos tejer juntos este archivo de nuestra
memoria compartida.

