Por Luis Oscar Vasta, difusor del jazz
El jazz argentino respira con un
aire particular, teñido de melancolía y de una intensidad que parece venir de
muy lejos. No es casual: en su pulso late el tango, inseparable de la identidad
musical del país, con su lirismo nostálgico y su carga emocional que atraviesa
generaciones. Muchos de nuestros músicos crecieron entre tangos y folklore, y
al abrazar el jazz, esas raíces se filtraron naturalmente, dando lugar a un
tono introspectivo que se reconoce al instante.
Su historia también lo explica.
El jazz llegó a Buenos Aires en tiempos de modernización y tensiones sociales,
como una música extranjera que debía ser reinterpretada. Esa “otricidad” de las
músicas negras se vivió como ajena, pero pronto se tiñó de la idiosincrasia
argentina: nostalgia, reflexión y búsqueda de identidad. Así nació un lenguaje
propio, que no copia al jazz estadounidense, sino que lo resignifica.
La melancolía, además, es un
rasgo recurrente en la estética argentina: está en la literatura, en el cine,
en la música popular. Los jazzistas trasladaron esa manera de decir al género,
privilegiando la emoción profunda sobre la celebración superficial. Por eso,
escuchar jazz argentino es entrar en un territorio donde la tristeza se vuelve
belleza y la nostalgia se transforma en relato.
Claro que esto no significa que
falte alegría. Hay groove, energía y vitalidad en figuras como Guillermo Klein,
Ernesto Jodos o Escalandrum, que demuestran que el jazz argentino también puede
ser luminoso y expansivo. Pero la melancolía funciona como un color
predominante, un sello cultural que lo diferencia de otras escenas y le otorga
identidad.
En definitiva, el jazz argentino
suena melancólico porque está atravesado por el tango, por la historia social y
por la búsqueda constante de identidad. Es un rasgo cultural más que una
limitación, y le da un carácter único dentro del mapa global del jazz: un
sonido que oscila entre el susurro y el grito, entre la nostalgia y la
exaltación, siempre con la intensidad de quien toca para contar su propia
historia.
El jazz argentino no solo hereda
la melancolía del tango y la idiosincrasia local, sino que también se
caracteriza por sus saltos emocionales abruptos. Los músicos suelen pasar de
una melancolía profunda, introspectiva y nostálgica, a un estado emocional
alto, estridente y explosivo, casi sin escalas intermedias.
Este rasgo puede dar la sensación
de que falta un “punto medio” o equilibrio, pero en realidad es parte de la
estética: una manera de narrar la intensidad de la vida argentina, marcada por
contrastes sociales, culturales y afectivos. En lugar de suavizar las
transiciones, los músicos las acentúan, generando un lenguaje propio donde la
emoción se vive en extremos.
Así, el jazz argentino se
convierte en un espejo de su contexto: nostalgia y exaltación conviven en
tensión, creando un sonido único que no busca la calma, sino la expresión
total.




