Por Luis O. Vasta, periodista médico
La noticia de argentinos que mueren en Ucrania, enfrentando
al ejército ruso, nos obliga a reflexionar más allá de la tragedia individual.
Cristian Irala, de 27 años, cayó en un ataque ruso con drones
y misiles en Járkiv. José Adrián Gallardo, de 53, perdió la vida en la región
de Sumy, alcanzado por otro ataque aéreo. Mariano Franco, de 47, también murió
en Sumy, junto a Ariel Achor, de apenas 25 años. Antes que ellos, en julio,
Emmanuel Vilte, de 39, había sido víctima de un ataque con drones rusos.
Cinco nombres, cinco edades distintas, cinco trayectorias truncadas en un mismo escenario bélico. Jóvenes y adultos que partieron desde Argentina hacia una guerra ajena, y que encontraron la muerte en tierras lejanas. No son nombres aislados: son símbolos de una decisión extrema, de un salto hacia lo desconocido que merece ser comprendido.
¿Qué los movilizó?
Idealismo político: La figura de Volodímir Zelensky,
convertida en emblema de resistencia europea, puede haber inspirado a quienes
buscan un sentido heroico en la defensa de valores democráticos.
Desesperación económica: En un país con crisis recurrentes,
la promesa de un salario en dólares y un futuro distinto puede sonar como una
salida laboral, aunque sea en un terreno de altísimo riesgo.
Ignorancia o desinformación: Muchos quizás no dimensionaron
la ferocidad del ejército ruso ni la crudeza de la guerra moderna. La distancia
geográfica y cultural puede haber alimentado una visión romántica, casi
cinematográfica, del combate.
Impulso existencial: En algunos casos, la decisión puede
esconder tendencias autodestructivas o una búsqueda de sentido en la
experiencia límite de la guerra.
El interrogante central es si el Estado argentino debe permanecer como espectador o asumir un rol activo.
Neutralidad diplomática: Mantenerse al margen puede
interpretarse como respeto a la libertad individual, pero también como
indiferencia frente a la pérdida de vidas.
Simbolismo internacional: La simpatía hacia Zelensky y la
narrativa de resistencia que él encarna, sumada a la cercanía con Israel en su
postura frente a amenazas externas, puede llevar a una ambigüedad política: no
se condena ni se alienta, se deja hacer.
¿Y la sociedad argentina?
Aquí emerge otro silencio: el de la sociedad civil y los
medios.
Mirada desviada: Mientras se multiplican los debates sobre
economía, inseguridad o política local, la muerte de compatriotas en Ucrania
apenas ocupa espacio en la conversación pública.
Cobertura escasa: Salvo excepciones, el tema no ha sido tratado con
profundidad ni continuidad.
Responsabilidad compartida: La pasividad social frente a
estas muertes revela una desconexión con el drama humano que implica la guerra.
¿Nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado? ¿O simplemente no sabemos cómo
procesar una tragedia que ocurre lejos, pero nos involucra?
En definitiva, la pregunta es incómoda: ¿hasta qué punto un
Estado, una sociedad y sus medios deben intervenir en las decisiones de sus
ciudadanos cuando éstas los conducen a la muerte en tierras lejanas?
La
respuesta no es sencilla, pero el silencio parece insuficiente. La tragedia de
estos argentinos nos recuerda que la guerra no es un escenario de épica, sino
de pérdida. Y que la política, el periodismo y la conciencia colectiva no
deberían limitarse a mirar desde la distancia.



