Por: Luis O. Vasta
El otoño en nuestra
provincia tiene sus rituales, pero pocos son tan magnéticos como el encendido
de la salamandra. Al observar su interior, somos testigos de un espectáculo
hipnótico: la danza ígnea. No es simplemente leña ardiendo o la reacción
técnica del carbono con el oxígeno; es una manifestación de energía pura que
nos regala una atracción difícil de explicar.
Sentarse frente a ella es
entrar en un estado de éxtasis silencioso. Mientras el frío arrecia afuera,
aquí adentro el calor nos abraza, invitándonos a una introspección que solo el
fuego sabe propiciar. Es un momento de pausa absoluta donde el cuerpo se relaja
y la mente comienza a viajar por senderos de gratitud.
En ese silencio cálido,
los recuerdos fluyen con la misma suavidad que las llamas. Es imposible no
evocar a mi querido gato "Mochito", quien solía pasar largos minutos
pegado al vidrio, con la mirada fija en las brasas. Siempre me pregunté qué conexiones
ancestrales estaría haciendo en su pequeño universo felino. Observarlo a él,
mientras él observaba el fuego, era un doble encuentro con la paz; una sintonía
de seres que simplemente disfrutaban del "aquí y ahora".
Hoy, al ver las chispas
saltar y el resplandor naranja teñir las paredes, entiendo que la salamandra es
mucho más que calefacción. Es un centro de energía que nos devuelve a lo
esencial, recordándonos que, en medio del ritmo vertiginoso de la vida, siempre
existe un fuego encendido esperando para darnos calor, alegría y un instante de
eterna tranquilidad.



