“Imagino mi lugar en una medicina dominada por algoritmos. ¿Dónde queda el gesto que alivia?”
Me formé como médico en la década de 1970, en un tiempo en
que la figura del maestro era central. Aprendíamos la semiología como un arte:
mirar con atención, palpar con respeto, auscultar con paciencia y escuchar con
empatía. La consulta era un encuentro humano, cargado de gestos que trascendían
lo técnico. Recuerdo a una paciente que me decía: “Cuando lo veo con el
delantal blanco, ya me siento mejor. Manténgalo siempre impecable, porque me
alivia”. Ese símbolo, tan sencillo, tenía un efecto terapéutico en sí mismo.
Hoy, en la era de la inteligencia artificial, la medicina
parece moverse hacia otro paradigma. Los algoritmos diagnostican con precisión,
las máquinas procesan datos en segundos y las pantallas median cada vez más
entre el médico y el paciente. Sin embargo, me pregunto: ¿puede la tecnología
reemplazar la presencia humana? ¿Dónde queda el poder de la palabra, el gesto,
la mirada que transmite confianza?
No se trata de decir que lo de antes fue mejor, sino de
reconocer que era más humano. La palmada en el hombro, el saludo afectuoso, el
intercambio sincero enriquecían la consulta. Hoy, la eficiencia amenaza con
desplazar la cercanía. Y sin embargo, el paciente sigue necesitando sentirse
acompañado, escuchado, comprendido. La inteligencia artificial puede ser una
herramienta formidable, pero nunca podrá sustituir el efecto terapéutico de la
relación médico-paciente.
“La tecnología avanza, pero el vínculo humano no debería quedar atrás.”
La medicina del futuro deberá encontrar un equilibrio:
aprovechar la potencia de la tecnología sin perder la esencia humana que
siempre ha sido parte del acto de curar. Porque al final, más allá de los datos
y los diagnósticos, el paciente busca algo que ninguna máquina puede dar: la
certeza de que alguien está allí, presente, para cuidar de él.



