Por Luis O Vasta, periodista médico.
El poder es, por definición, una lente que deforma y actúa como un prisma que refracta la realidad: lo que entra como un hecho claro, sale del otro lado distorsionado por el ego, el aislamiento y la falta de rendición de cuentas.
Quien
sube un escalón en la pirámide política, empresarial o mediática, suele creer
que ha ganado una perspectiva superior, cuando muchas veces lo que ha ganado es
un aislamiento sistemático. Lo que desde afuera llamamos sentido común —esa
capacidad básica de entender causas, consecuencias y decencia— se disuelve en
los pasillos de la influencia, reemplazado por una soberbia que suele ser la
antesala del abismo.
"El poder absoluto no solo corrompe, sino que
desconecta. En las altas esferas de las finanzas y la política, se crea una
cultura de la impunidad donde los actores dejan de percibir sus actos como
delitos o faltas éticas, para verlos como prerrogativas de su cargo. No es solo
maldad; es una distorsión de la realidad donde el 'sentido común' del ciudadano
de a pie les resulta ajeno, casi un lenguaje extranjero”. (Impunidad de Eva
Joly)
La burbuja y la pérdida de foco
El fenómeno no es nuevo, pero su ciclo de destrucción se ha
acelerado. Cuando el poder se ejerce sin la preparación emocional o ética
necesaria, aparece la "niebla del poder". Es ese estado de embriaguez
donde el dirigente cree que su voluntad es ley y que la realidad es maleable.
Bajo esta niebla, se pierde el foco: ya no se gobierna o se
comunica para el ciudadano, sino para mantener el estatus dentro de la burbuja.
Se cree que "se puede hacer lo que se quiere" simplemente porque
nadie en el entorno inmediato se atreve a decir que no.
De Yabrán a la actualidad: El costo de la exposición
La historia argentina es un catálogo de estos choques
brutales:
El caso Yabrán: Hace tres décadas, la noción de que
"sacarme una foto es como pegarme un tiro en la frente" reveló una
desconexión total con el mundo real. Esa prepotencia terminó en la tragedia de
Cabezas y, eventualmente, en el aniquilamiento de la vida pública (y física)
del propio empresario.
La corrupción sistémica: Muchos gobiernos han caído en
desgracia no por falta de inteligencia, sino por falta de visión de largo
plazo. La corrupción suele ser hija de esa creencia de que las consecuencias
nunca alcanzan a quienes habitan el Olimpo.
El "Caso Adorni", y la vigilancia social
Hoy, el ejemplo de Manuel Adorni (más allá de si existe una
operación interna para desplazarlo) sirve como recordatorio de que la opinión
pública está más ávida que nunca de escudriñar los privilegios. En un contexto
de ajuste y crisis, cualquier gesto que huela a "casta" o a beneficio
personal es interpretado por el sentido común de la gente como una traición.
El laberinto ético del Caso Libra
El caso de la criptomoneda $LIBRA es, quizás, la
manifestación más técnica y peligrosa de esta ceguera. Cuando el presidente
promocionó un activo financiero desde su investidura, no solo puso en juego su
credibilidad, sino que expuso la fragilidad de una frontera que debería ser
sagrada: la que separa al ciudadano que opina del mandatario que influye en los
mercados.
Las revelaciones actuales, que mencionan contratos de
confidencialidad y transferencias que salpican el entorno más íntimo de Karina
Milei, sugieren una estructura donde el poder se percibió como un activo
comercial. Aquí la 'niebla' no solo obnubila, sino que convence al poderoso de
que su influencia es un bien transable. Como ocurrió con las viejas tramas de
corrupción que el propio gobierno prometió combatir, el Caso Libra demuestra
que cuando la ética pública se subordina a la oportunidad privada, el 'sentido
común' de los estafados se convierte en el tribunal más implacable.
El absurdo supremo: La guerra como distorsión final
Si el poder es una lente que deforma, la guerra es su
aberración más sangrienta. Es el escenario donde el sinsentido se
institucionaliza bajo una premisa cruel: la guerra es ese lugar donde jóvenes
que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de
"viejos" que sí se conocen y sí se odian, pero que jamás se matan.
Aunque la frase de los "viejos que se conocen y jóvenes
que se matan" (atribuido a veces a Paul Valéry- poeta1871-1945) sigue denunciando la
asimetría del poder, hoy el fenómeno es más oscuro. Ya no se trata solo de
soldados obedeciendo órdenes frías; se trata de una maquinaria de poder que
necesita que los jóvenes sí se odien.
La niebla del poder hoy no solo obnubila al gobernante, sino
que se proyecta hacia abajo como una niebla de propaganda. El poder
contemporáneo ha descubierto que es más eficiente fabricar un enemigo que
simplemente dar una orden. Se busca al que piensa distinto, al que profesa otra
fe o al que tiene otra bandera, y se lo deshumaniza hasta convertirlo en un
objetivo a aniquilar.
Esta dinámica es la prueba de que, en la cima de la pirámide,
la empatía ha sido extirpada. Los que trazan líneas en los mapas desde
escritorios de roble no ven seres humanos, ven estadísticas, recursos o
"daños colaterales". Mientras el sentido común de cualquier madre o
padre en el mundo dicta que nada justifica el sacrificio de un hijo, el sentido
común del poder —embriagado por su propia burbuja— dicta que la vida ajena es
una moneda de cambio válida para sus disputas de ego, territorio, o de finanzas.
La guerra es, en última instancia, el fracaso del lenguaje.
Es lo que sucede cuando la palabra del poderoso ya no busca convencer, sino
someter. En este "sinsentido de nuestro tiempo", la desconexión es
total: los que ponen el cuerpo no tienen conflicto entre sí, y los que tienen
el conflicto, jamás pondrán el cuerpo. Es la asimetría más injusta de la
historia humana.
El poder hoy no tiene escondite. La sociedad actúa como un
gran panóptico que no solo busca el error, sino que disfruta de la exposición
del poderoso caído. Cuando la burbuja estalla, el "aniquilamiento de la
vida pública" es casi instantáneo.
Una lección para todos
No hace falta ser un alto mandatario para que el poder nos
obnubile. En el trabajo, en una institución o en la comunidad, la sensación de
control puede hacernos perder la empatía y el juicio.
La reflexión es clara: El poder es una herramienta de
servicio, no un escudo de impunidad. Cuando se olvida el sentido común —ese que
nos dice que nuestras acciones tienen consecuencias y que nadie está por encima
de la mirada ajena— la realidad tarde o temprano termina cobrando la factura. Y
suele ser una factura que no se puede pagar con influencias.
El fin de los secretos y la transparencia de cristal
A diferencia de hace 30 años, cuando el poder podía
esconderse tras un muro de influencias o el silencio de un puñado de editores,
hoy la "niebla" es mucho más difícil de sostener. En la era de
Yabrán, una foto era un objeto físico que podía ser robado o destruido; en la
era de los Milei, la información es una huella digital imborrable.
La tecnología ha dinamitado la burbuja
Blockchain y el rastro del dinero: Casos como el de la
criptomoneda $LIBRA demuestran que ya no existen los "maletines
negros" que desaparecen. El registro en la cadena de bloques es una
confesión perpetua. El poder puede creer que opera en las sombras, pero la
matemática del blockchain no acepta sobornos ni obedece a jerarquías políticas.
Las redes sociales como el nuevo panóptico: Lo que antes
quedaba en una charla de pasillo hoy es un tuit, un video filtrado o un
registro de vuelo que se viraliza en segundos. La opinión pública ya no espera
al diario del domingo; hoy, el "sentido común" de la gente tiene
herramientas de investigación que antes eran exclusivas de la inteligencia
estatal.
La lección final es una advertencia para todos. Si la
impunidad es una distorsión de la realidad —como decía Eva Joly—, la tecnología
actual actúa como un correctivo brutal y repentino. El poder ya no es un
refugio, es una vidriera iluminada las 24 horas. Aquellos que, obnubilados por
el cargo, olviden que cada paso deja una marca, descubrirán demasiado tarde que
la misma tecnología que los ayudó a subir será la que registre, con precisión
quirúrgica, su caída.
Nadie está a salvo de la soberbia, pero hoy, el precio de
perder el foco es la exposición total y definitiva. En este nuevo mundo, la
única protección real contra la "niebla del poder" no es el blindaje
mediático, sino el ejercicio ético de la función pública.
Mientras le doy forma a esta nota la realidad pasa por ella,
la atraviesa: La “fiebre del oro” anunciada en tierras lejanas choca contra la
realidad de los hogares que hoy apenas sostienen el día a día. Pero el sentido
común es nuestro último refugio. Entender que la guerra es un anacronismo y que
el discurso de la abundancia es una ficción para elegidos, es el primer paso
para pinchar la burbuja. Porque al final del día, el oro no se come, y el odio
solo alimenta a los que deciden desde escritorios donde nunca llega el barro.




