Por: Luis O. Vasta, periodista médico
La política moderna ha perfeccionado un arte peligroso: usar
la verdad para fabricar una mentira. La reciente revelación sobre una red de
desinformación rusa denominada “La Compañía” —documentada por medios
internacionales como openDemocracy— no es una fantasía. Es un hecho. Rusia ha
intentado influir en la narrativa argentina. Sin embargo, la pregunta que la
ciudadanía debe hacerse para "despabilar" no es si el espionaje
existe, sino para qué se utiliza esa información hoy.
El Gobierno nacional ha tomado estos datos y los ha
convertido en un arma de calibre institucional. Al denunciar que los
periodistas críticos son solo la "punta del iceberg" de una red
ilegal, se intenta instalar una idea peligrosa: que cualquier investigación
sobre la gestión actual no es periodismo, sino traición a la patria.
Esta maniobra ocurre en un momento quirúrgico. Mientras el
Caso Libra agita los tribunales y las investigaciones sobre Manuel Adorni
generan interrogantes sobre la ética en el uso de los recursos públicos, el
Poder Ejecutivo desplaza el eje. Si todo es "espionaje ruso",
entonces nada es corrupción local.
Para entender cómo se nos intenta conducir por este túnel de
percepciones, es necesario analizar la mecánica de la distracción que opera en
el discurso oficial:
Ante el Caso Libra: Frente a las investigaciones sobre
irregularidades financieras o contratos específicos, el Gobierno desplaza el
foco hacia un "ataque externo" para invalidar cualquier
cuestionamiento económico.
Ante las investigaciones a Manuel Adorni: Frente a los
cuestionamientos sobre nombramientos o manejo de pauta, se tilda a los
investigadores de ser parte de una red de espionaje ilegal.
El objetivo político: Se busca la invalidación de la crítica.
Al establecer que existe una red pagando por "malas noticias", el
Gobierno puede argumentar que la inflación o la pobreza no son realidades, sino
operaciones políticas extranjeras.
La gravedad institucional: Se usa este término para elevar la
vara y que las causas judiciales domésticas parezcan menores o, directamente,
parte del complot.
Estamos ante un "desvío dogmático". Se nos invita a
mirar hacia Moscú para que no miremos hacia los expedientes de Comodoro Py. La
desinformación extranjera es una amenaza real a la soberanía, pero el uso de
esa amenaza para silenciar el control republicano es una amenaza directa a la
democracia.
Despabilar significa entender que dos cosas pueden ser
ciertas al mismo tiempo: Rusia puede estar operando en Argentina, y eso no
quita que el Gobierno deba rendir cuentas por sus propios actos. Confundir una
con otra es el primer paso para aceptar un túnel sin salida, donde la única luz
que vemos es la que el poder decide encender.
(1) La posverdad no es simplemente una mentira. Es un
fenómeno donde los hechos objetivos tienen menos influencia en la opinión
pública que las emociones o las creencias personales.
En este escenario, no importa si un dato es falso o
verdadero, sino si refuerza lo que ya queremos creer. Es el caldo de cultivo
ideal para que el poder político moldee la realidad a su conveniencia,
sustituyendo la evidencia por una narrativa emocional diseñada para anular el
juicio crítico de la ciudadanía. Despabilar, en tiempos de posverdad, es
recuperar el valor sagrado del dato frente al relato.




