Por: Luis O. Vasta,
periodista médico
Hace unos días,
observando un reporte televisivo desde un evento de alto perfil, presencié algo
que me dejó, cuanto menos, estupefacto. Funcionarios, legisladores y
empresarios, figuras de la vida pública, desfilaban frente a la cámara. Lo
curioso no era lo que decían, sino el dispositivo: un auricular intraconducto
que pasaba de mano en mano, de oreja en oreja, sin el menor atisbo de
desinfección. Mientras veía cómo se intercambiaban, inadvertidamente, un rastro
de cerumen y flora bacteriana ajena, una idea me golpeó: ¿somos conscientes de
lo que realmente estamos compartiendo?
La lección de la
"cadena de ADN"
En epidemiología, existe
una premisa que suele ser incómoda pero necesaria: cuando estableces un
contacto íntimo con alguien, no te estás relacionando solo con esa persona; te
estás conectando, directa o indirectamente, con todo su historial previo. Al compartir
un auricular —ese objeto que se aloja en el lugar más íntimo de nuestro canal
auditivo—, estamos participando en un ecosistema que ignora los límites de la
higiene básica.
Lo mismo ocurre, llevado
al terreno de la salud sexual, cuando la búsqueda de placer efímero en
aplicaciones de citas o encuentros casuales nos hace olvidar que estamos ante
un intercambio biológico de alto impacto. La metáfora es inevitable: así como
nadie en su sano juicio se pondría el auricular del desconocido que acaba de
pasar, la salud sexual requiere la misma consciencia de que "el historial
del otro" no es un dato menor.
Los datos que no perdonan
Quizás la otitis externa
—esa inflamación del conducto provocada por bacterias y hongos que proliferan
en auriculares mal higienizados— sea el recordatorio menos grave de nuestra
falta de cuidado. Pero, ¿qué pasa cuando la falta de prevención escala?
En Argentina, las
Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) están lanzando señales de alerta. El
Boletín Epidemiológico Nacional informó que en 2025 se alcanzó un récord
histórico de sífilis, con más de 46.000 casos reportados, lo que representa un
aumento preocupante del 71% en comparación con años anteriores. Este dato no es
solo una estadística; es el reflejo de una sociedad que, en muchos casos, ha
relajado el uso de métodos de barrera, olvidando que las consecuencias de un
descuido son mucho más duraderas que el placer del momento.
Una reflexión necesaria
No se trata de vivir en
una burbuja de asepsia, sino de recuperar la noción de autocuidado. La próxima
vez que alguien le ofrezca un auricular o que la urgencia del momento le haga
ignorar las señales de prevención en su vida íntima, deténgase un segundo.
La vida pública y la
privada tienen algo en común: ambas exigen responsabilidad. Si tuviéramos
presente que cada contacto es un puente con el pasado biológico de los demás,
probablemente cambiaríamos muchas de nuestras conductas. Después de todo,
cuidar nuestra propia "infraestructura" —ya sea auditiva o
reproductiva— es el primer paso para una convivencia más sana y, sobre todo,
más inteligente.
En última instancia,
quizá todo se reduzca a la humildad de reconocer aquello que desconocemos. Como
solía decir Jorge Luis Borges en sus entrevistas con una caballerosidad casi
extinta: "Perdón por mi ignorancia". Es esa misma honestidad la que
deberíamos aplicar a nuestra salud: reconocer que no sabemos quién usó ese
auricular antes que nosotros, o qué riesgos ocultos cargamos en la ligereza de
un encuentro casual. La verdadera inteligencia no está en presumir saberlo
todo, sino en cuidarnos con la curiosidad de quien sabe que, en la higiene y en
el respeto por nuestro cuerpo, también reside nuestra dignidad.




