En los últimos años, las universidades más prestigiosas del
país han decidido abrir sus puertas a figuras que nada tienen que ver con los
laboratorios, las bibliotecas de investigación o las tesis doctorales. La
entrega del Doctorado Honoris Causa a personalidades como Alejandro Dolina o
Mirtha Legrand ha generado una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué se está
premiando realmente?
La confusión de los méritos
Tradicionalmente, el título de
"Doctor" es la cima de una montaña de esfuerzo, rigor científico y
metodología. Sin embargo, cuando la academia utiliza este sello para reconocer
a un comunicador por sus décadas frente a un micrófono o una cámara, se produce
un cortocircuito.
Se argumenta que estas figuras
"elevan la cultura", pero ese es un parámetro subjetivo. En el caso
de Dolina, su estilo barroco y el uso de un lenguaje inusual a menudo funcionan
más como una barrera intelectual que como un puente educativo. Premiar la
permanencia de un programa radial o televisivo con un grado académico es, para
muchos, una forma de devaluar el sacrificio de quienes pasan su vida
produciendo conocimiento técnico y científico.
El Honoris Causa como herramienta
política
No se puede ignorar que estas
distinciones suelen ser actos políticos de validación mutua. La universidad
busca "abrazar" la popularidad de figuras queridas por la sociedad
para ganar visibilidad y prestigio público. A cambio, el premiado recibe un
barniz de intelectualidad que su oficio original no le exige.
El problema no es el reconocimiento
en sí, sino la etiqueta. Si existieran distinciones puramente culturales —como
una Medalla al Mérito—, se podría homenajear la trayectoria de un artista o
comunicador sin necesidad de otorgarle un título de doctor.
Una distinción necesaria
Al borrar la frontera entre el
esfuerzo académico y la influencia mediática, las instituciones corren el
riesgo de convertir sus máximos galardones en simples premios a la trayectoria.
La cultura es fundamental, pero la universidad debería ser la primera en
defender que un estudio de radio, por más años que lleve al aire, no es lo
mismo que un aula universitaria.
Por Luis O Vasta, periodista médico




