Por Luis O. Vasta, periodista médico
En la Argentina, las reformas legislativas parecen diseñadas
más para la tribuna política que para la realidad social. La baja de
imputabilidad a los 14 años se presenta como un avance en materia de seguridad,
pero sin la construcción de institutos de menores —algunos especialistas hablan
de al menos cien— la medida se convierte en un cascarón vacío.
La pregunta es sencilla: ¿de qué sirve condenar a un
adolescente si no existe un lugar donde pueda ser contenido, educado y
preparado para reinsertarse en la sociedad? La cárcel común no es opción, y la
ausencia de instituciones específicas transforma la reforma en un castigo sin
salida, más cercano a la exclusión que a la rehabilitación.
Lo que debería ser un debate profundo sobre cómo rescatar a
quienes caen en la delincuencia temprana, se convierte en un ring de gestos y
discursos agresivos dentro del recinto. Cada facción busca imponer su relato,
mientras la realidad de los jóvenes vulnerables queda relegada a un segundo
plano.
La ironía es que se legisla sobre la vida de adolescentes
como si fueran fichas de ajedrez, sin pensar en el tablero completo: la
educación, la contención, la familia, la comunidad. Una ley sin instituciones
es apenas un espejismo de justicia.
La ciudadanía debe exigir más preparación y estudio en
quienes legislan, y menos intercambio de gestos y gritos vacíos. Porque las
leyes no se escriben para ganar una pulseada política, sino para transformar
realidades. Y sin instituciones, la reforma es sólo otra zanahoria colgada
delante del pueblo.




