Por Gabriel Stekolschik (NEXCiencia) Ciencias Exactas UBA
¿Sabías que uno de cada diez habitantes en Argentina consume,
sin saberlo, cantidades tóxicas de arsénico? Este elemento químico, presente de
forma natural en las napas de agua subterránea, es inodoro, incoloro e
insípido. Sin embargo, su exposición prolongada es sumamente peligrosa: puede
causar diversos tipos de cáncer, lesiones en la piel, enfermedades
cardiovasculares y afectar el desarrollo cognitivo en los niños.
HACRE: La enfermedad del arsénico invisible
El consumo prolongado de agua con niveles elevados de
arsénico provoca una enfermedad conocida como HACRE (Hidroarsenicismo Crónico
Regional Endémico). Se la considera una amenaza silenciosa porque sus síntomas
no aparecen de un día para otro, sino que se manifiestan tras años de ingesta
continua.
La intoxicación crónica afecta al organismo en etapas:
Manifestaciones en la piel: Es la señal más común y temprana.
Aparecen manchas oscuras o claras en la piel (melanodermia) y un engrosamiento
o "callosidades" en las palmas de las manos y plantas de los pies
(queratodermia).
Daño interno: Con el tiempo, el arsénico afecta el sistema
cardiovascular, aumenta el riesgo de padecer diabetes y puede provocar daños en
el hígado y los riñones.
Riesgo de Cáncer: La OMS advierte que la exposición crónica
es una causa directa de cáncer de piel, vejiga y pulmón.
Impacto en los más chicos: El arsénico es especialmente
dañino durante el embarazo y la infancia, ya que puede afectar el desarrollo
del cerebro y el crecimiento de los niños.
Al no tener sabor ni olor, la única forma de prevenir estos
daños es analizar el agua. Por eso, herramientas como el sensor SensAr son un
avance vital para la salud pública de nuestras comunidades.
Para quienes no cuentan con agua de red y dependen del agua
de pozo, el monitoreo constante es vital pero suele ser costoso y difícil de
realizar en laboratorios especializados.
Una solución al alcance de la mano
Frente a este desafío, un equipo de la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la UBA, liderado por el biólogo Alejandro Nadra, diseñó
SensAr. Se trata de un biosensor que pesa apenas 55 gramos y cabe en la palma
de la mano.
El funcionamiento es innovador y sencillo: el dispositivo
utiliza una carcasa impresa en 3D que contiene bacterias genéticamente
modificadas (totalmente seguras). Al entrar en contacto con agua contaminada,
estas bacterias reaccionan produciendo un color azul intenso, alertando sobre
la presencia de arsénico incluso en niveles mínimos, cumpliendo con los
estándares de la Organización Mundial de la Salud.
Ciencia abierta y solidaria
Lo más destacado de este proyecto es su filosofía de código
abierto. Los investigadores han publicado los planos, protocolos e
instrucciones para que cualquier universidad, laboratorio u ONG pueda
replicarlo de forma gratuita. No buscan un beneficio comercial, sino que la
tecnología llegue a cada rincón donde se necesite agua limpia.
"Lo que intentamos es que fuese barato, accesible,
reproducible y abierto, para que otros también puedan mejorarlo", explica
Nadra.
¿Cómo conseguirlo o saber más?
Si formas parte de una organización comunitaria, laboratorio
o entidad interesada en implementar este sensor para ayudar a tu comunidad,
puedes contactar directamente al director del proyecto:
Contacto: Alejandro Nadra
Correo electrónico: anadra@gmail.com


