Por Luis O Vasta, periodista médico
Caminamos por la vida con una confianza asombrosa. Creemos
que lo que vemos en el noticiero, lo que sentimos al amar o lo que medimos en
una planilla de Excel es la realidad absoluta. Sin embargo, si nos detenemos a
observar con detenimiento, descubriremos que nuestra percepción no es un espejo
fiel del mundo, sino más bien una caricatura: un dibujo de líneas gruesas donde
lo importante se exagera y lo complejo se ignora.
La realidad es una caricatura de la verdad y se dibuja con un
“trazo deformado”.
La verdad, con "V" mayúscula, es vasta e infinita
como el espectro total de la luz. Pero nuestros ojos y nuestra mente solo
pueden decodificar una pequeña franja. Esta distorsión no es un fallo, sino una
herramienta de supervivencia. No podríamos procesar la magnitud del universo
sin colapsar; por eso, el cerebro utiliza el "trazo deformado" para
ofrecernos una versión simplificada, una parodia funcional que nos permite
movernos, elegir y existir sin morir de parálisis por análisis.
El riesgo surge cuando olvidamos que el dibujo no es la
persona. En el teatro de sombras de la vida moderna, hemos perfeccionado el
arte de la simplificación:
En el trabajo: Somos reducidos a métricas y gráficos (los
famosos KPIs , siglas en inglés para Key Performance Indicators, o Indicadores
Clave de Desempeño). Un talento humano (la verdad) se convierte en un simple
trazo en una barra de rendimiento (el trazo de la realidad).
En los medios: No vemos la realidad, sino un rasgo
amplificado (la tragedia o el escándalo) que ocupa toda nuestra atención.
En nuestras emociones: El miedo deforma los peligros
haciéndolos gigantes, mientras que el amor suaviza los bordes hasta volver al
otro irreconocible tras un barniz de idealización.
Reconocer este trazo deforme es el primer paso hacia la
humildad intelectual.
Al aceptar que somos observadores de una representación,
podemos empezar a buscar, entre las líneas exageradas, el rastro de la verdad
original. Habitar la caricatura es inevitable, pero recuperar la capacidad de
intuir la elegancia silenciosa que respira debajo de tanto ruido es lo que
realmente nos devuelve la conciencia.
Las raíces de nuestra percepción: Una síntesis de las fuentes
Esta reflexión no nace del vacío; se apoya en pilares del
pensamiento que han intentado descifrar el misterio de la percepción humana:
La filosofía clásica y moderna: Desde la Alegoría de la
Caverna de Platón, que nos advierte que solo vemos sombras en la pared, hasta
Immanuel Kant, quien explicó que nuestra mente actúa como un filtro que moldea
la "cosa en sí" para hacerla comprensible.
La psicología cognitiva: Autores como el Nobel Daniel Kahneman (1934-2024- fue un psicólogo israelí-estadounidense), hablan de la "economía cognitiva", esos atajos mentales que prefieren una mentira simple a una verdad compleja para ahorrar energía. Por su parte, Donald Hoffman (psicólogo cognitivo y profesor en la Universidad de California, Irvine, que ha sacudido los cimientos de la ciencia y la filosofía contemporánea con una propuesta provocadora: la realidad que percibimos no tiene nada que ver con la verdad objetiva); propone que nuestra percepción es como la interfaz de una computadora: vemos iconos útiles (la realidad), pero no el código complicado que hay detrás (la verdad).
El simulacro contemporáneo: Pensadores como Jean Baudrillard
sostienen que hoy el mapa ha devorado al territorio: vivimos rodeados de signos
y representaciones que han sustituido por completo a la experiencia real.
"No vemos las cosas como son, sino como somos
nosotros". Esta frase, que resuena desde el Talmud hasta la psicología
actual, nos recuerda que el pincel de nuestra realidad siempre está en nuestras
manos.




