Por: Luis Oscar Vasta
Médico y Periodista
Científico
Vivimos tiempos de
cambios vertiginosos. La Inteligencia Artificial (IA) ha dejado de ser una
promesa de ciencia ficción para sentarse, literalmente, en el escritorio del
consultorio. Hoy, los sistemas digitales procesan volúmenes de datos que ningún
cerebro humano podría abarcar, calculan dosis con precisión matemática y
sugieren diagnósticos en segundos. Ante este avance, surge una pregunta
incómoda: ¿Estamos los médicos convirtiéndonos en simples supervisores de
máquinas?
A finales de los años 70,
la medicina inició un camino de transformación profunda. Se impuso la
"Medicina Basada en la Evidencia", un modelo que priorizó los
protocolos, las guías clínicas y los algoritmos. Si bien esto trajo orden y
rigor científico, también preparó el terreno para una deshumanización
silenciosa. Al estandarizar el pensamiento médico para que fuera más eficiente,
lo hicimos —sin saberlo— compatible con el lenguaje de las computadoras. Así,
el médico empezó a pasar más tiempo mirando la pantalla que a los ojos del
paciente.
El filósofo Walter
Benjamin decía que las obras de arte originales poseen un "aura": una
esencia única ligada a su presencia física y su historia. La medicina siempre
tuvo su propia aura. No residía solo en el conocimiento técnico, sino en el rito
de la consulta, en la sabiduría práctica y en la confianza que se construye
cara a cara.
Es innegable que la IA es
una herramienta fenomenal. Facilita los cálculos, agiliza el vademécum y nos
ahorra tareas mecánicas. Pero hay una frontera que la tecnología, por más
avanzada que sea, no puede cruzar: el criterio clínico frente al sufrimiento humano.
Recuerdo siempre a una
paciente mayor, de una humildad profunda, que cada vez que entraba a mi
consultorio me tomaba de los brazos y me decía: “Doctor, siempre mantenga el
guardapolvo blanco; cada vez que lo veo así, yo ya me curo”.
Esa anécdota encierra una
verdad que la IA jamás podrá codificar. El efecto terapéutico de la presencia,
la seguridad que transmite un profesional que escucha y el símbolo de
compromiso que representa ese guardapolvo, son elementos que curan tanto como el
mejor fármaco.
La IA puede simular
empatía con un lenguaje refinado, pero no puede sentir responsabilidad ética ni
compasión real. El desafío de la medicina moderna no es rechazar la tecnología
—que es un proceso irreversible—, sino integrarla sin perder nuestra mística.
El "aura" del médico debe mantenerse viva, porque mientras la máquina
se ocupa de los datos, nosotros debemos seguir ocupándonos de las personas.
En un mundo cada vez más
digital, el acto de sanar sigue siendo, afortunadamente, un misterio
profundamente humano.
Fuente: Intramed JAMA.
Published online March 02, 2026. The Lost Aura of the Physician in the Age of
Artificial Intelligence




