Por Luis O. Vasta, periodista médico
En la Argentina, la metáfora de la zanahoria vuelve a
aparecer, pero esta vez con un giro doméstico: no sólo se sostiene delante del
burro para que nunca la alcance, sino que además se la guarda en la heladera
familiar.
Según Agencia Noticias Argentina, la Cancillería adjudicó más
de 114 millones de pesos (cerca de USD
78.000 al tipo de cambio actual) a la Asociación Argentina de Cultura Inglesa, dirigida
por la esposa del ministro Federico Sturzenegger.
El contrato, destinado a
capacitar en inglés al personal, activó los protocolos de integridad y pasó por
la Oficina Anticorrupción y la SIGEN. Todo muy prolijo, todo muy reglamentado.
Pero la pregunta inevitable es: ¿puede la vara de la transparencia sostenerse
cuando la zanahoria queda en manos del mismo círculo íntimo?
La ironía es brutal: mientras los ciudadanos cargamos la
mochila y seguimos corriendo detrás de promesas de bienestar, los frutos del
esfuerzo parecen reservarse para quienes manejan el palo. El procedimiento
puede ser impecable en los papeles, pero en la percepción social el resultado
es siempre el mismo: todo queda en casa, todo queda en familia, y todo queda a
costilla del contribuyente.
El conflicto de interés no necesita ser ilegal para ser
obsceno. Basta con que el ciudadano vea cómo la zanahoria que nunca alcanza se
transforma en un banquete privado. Y mientras tanto, nosotros seguimos tirando
del carro, convencidos de que algún día la zanahoria será nuestra.
