Por Luis O. Vasta, periodista médico
La imagen que acompaña este texto
funciona como una alegoría perfecta, casi cruel, de nuestra democracia
procedimental. No importa quiénes sean los rostros específicos bajo el arcoíris
de la derecha; hoy son unos, mañana serán otros. Lo que la imagen captura es la
mecánica estructural del engaño político: una transacción desigual donde la
ciudadanía entrega algo tangible y valioso —su esperanza depositada en una urna
transparente— a cambio de algo etéreo e inasible: promesas de colores
brillantes que se desvanecen apenas pasa la tormenta electoral.
Esta dinámica responde a un
calendario rigurosamente orquestado. La política moderna ha perfeccionado el
arte de dividir el tiempo en dos categorías funcionales a sus intereses: los
años pares y los años impares.
Los años pares son los años de
laboratorio y rosca. Son los tiempos de "gestión" silenciosa, donde
el foco no está en solucionar los problemas estructurales del ciudadano que
extiende su mano en la foto, sino en diseñar la narrativa del año siguiente. En
los años pares se tejen las alianzas subterráneas con los "amigos del
poder", se aseguran los financiamientos y, sobre todo, se estudia con
frialdad qué mentira está más dispuesto a comprar el electorado. Es el año de
la preparación del producto.
Luego llegan los años impares, los
años electorales, el momento que retrata la imagen. Es el tiempo de la puesta
en escena. El arcoíris de "PROMESAS" se despliega con toda su
potencia lumínica. Los políticos, con gestos adustos y miradas de supuesta
responsabilidad, se paran detrás de la urna esperando la cosecha. Del otro
lado, la ciudadanía, empujada por la necesidad y esa incombustible
"ESPERANZA", acude a validar el sistema.
El nudo trágico de esta historia es
lo que sucede el día después. Una vez que las urnas se cierran y los cargos se
reparten, el arcoíris de promesas se apaga. Comienza la etapa del "teorema
de la imposibilidad": las promesas de campaña se revelan impracticables
por "la pesada herencia", "el contexto internacional
adverso" o cualquier otra excusa de manual.
Las medidas que se toman entonces,
curiosamente, casi siempre difieren de lo prometido en el año impar. Se
implementan ajustes no anunciados o reformas que, casualmente, siempre terminan
favoreciendo al colectivo político —que asegura su permanencia y privilegios— y
a los grupos de poder que financiaron la obra de teatro.
El ciudadano, cuyas manos vemos a la
izquierda, queda nuevamente con la esperanza vacía, siendo el variable de
ajuste del sistema. La urna transparente, que debería ser el receptáculo de la
voluntad popular, termina siendo muchas veces un mero trámite para legitimar la
continuidad de un statu quo que funciona de maravillas para unos pocos,
mientras el resto espera, ingenuamente, el próximo arcoíris de año impar.

