Por Luis O. Vasta, periodista médico
La regla de oro de la política argentina dictaba que, ante
una crisis económica evidente y pérdida del poder adquisitivo, el gobierno de
turno pagaba el costo de manera inmediata en su imagen pública. Sin embargo, el
fenómeno de Javier Milei ha puesto en jaque este axioma. Frente a un escenario
de industrias que cierran, jubilaciones deprimidas y fuentes de trabajo en
riesgo, el núcleo de votantes y seguidores del presidente se mantiene
notablemente resiliente.
Para entender esta aparente paradoja, los analistas políticos
y consultores de opinión pública apuntan a una combinación de factores
económicos, psicológicos y sociológicos.
El ancla de la herencia y la "medicina amarga"
Una de las principales explicaciones radica en la percepción
de las causas de la crisis. Una gran porción del electorado que apoya a Milei,
incluso aquellos que sufren económicamente, no responsabilizan a la actual
administración por sus penurias, sino al modelo económico de los gobiernos
anteriores. El relato oficial ha logrado consolidar la idea de que el ajuste
actual es una "medicina amarga pero inevitable" para curar una
enfermedad heredada. Mientras esa narrativa se sostenga, el sufrimiento
económico se procesa como un sacrificio con un propósito, y no como un mero
fracaso de gestión.
La inflación como el gran trofeo
A pesar del declive en la capacidad de consumo y la recesión,
el Gobierno logró desactivar la principal preocupación que arrastraban los
argentinos durante los últimos años: la hiperinflación. La desaceleración
progresiva del índice de precios al consumidor funciona como un escudo
protector para la imagen presidencial. Para muchos ciudadanos, ver que los
precios en los supermercados dejan de multiplicarse semanalmente es un logro
tangible que compensa, por el momento, la estrechez de sus ingresos.
La nueva grieta y el factor "casta"
El paisaje político se ha reconfigurado. La tradicional
división entre peronismo y antiperonismo ha mutado hacia una dicotomía entre el
modelo libertario y lo que el presidente denomina "la casta". Muchos
votantes de clase media desvalorizada mantienen su apoyo porque su voto no es
solo económico, sino identitario. El rechazo a los dirigentes tradicionales, a
los sindicatos y a las estructuras políticas clásicas es tan fuerte que actúa
como un aglutinante. Votan en contra de lo que no quieren que vuelva, más que a
favor de su presente económico inmediato.
¿Los mismos que sufren lo votan?
La respuesta que arrojan los estudios de opinión es un rotundo sí. El fenómeno atraviesa todas las clases sociales. La explicación reside en la diferencia entre el bolsillo actual y la expectativa futura.
Cuando las encuestas preguntan a estos sectores cómo evalúan
su situación presente, la mayoría responde que están peor que hace un año. Sin
embargo, cuando se les pregunta por el futuro, la curva se invierte: mantienen
la esperanza de que en el mediano o largo plazo la situación mejorará. La
popularidad de Milei no se sostiene hoy sobre el bienestar real de la
población, sino sobre la confianza en que el sacrificio actual es el único
puente posible hacia la estabilidad.
El perfil de la paciencia: ¿quiénes sostienen a Milei?
Al analizar la composición demográfica de este respaldo, las
encuestas revelan un mapa transversal, pero con núcleos duros muy definidos.
Aunque originalmente su figura fue impulsada por un voto mayoritariamente joven
y masculino, el apoyo al presidente logró expandirse y consolidarse en otros
segmentos. Hoy, su base de sustentación más sólida se encuentra,
paradójicamente, en los sectores de ingresos medios-bajos y en los trabajadores
informales o cuentapropistas. Son aquellos que, al haber estado fuera del
paraguas protector del Estado o de los convenios colectivos durante los
gobiernos anteriores, sienten que no tienen "nada que perder" con el
cambio de modelo y rechazan la intervención estatal.
A este núcleo se le suma una porción significativa de la
clase media empobrecida —profesionales, comerciantes y dueños de pymes— que, a
pesar de sufrir el impacto directo de la recesión, el salto en las tarifas y la
caída de ventas, sostiene su apoyo. En este segmento pesa fuertemente el sesgo
ideológico y la identidad política: priorizan la promesa del orden
macroeconómico por encima del estado actual de sus propias finanzas.
Un pacto atado a la expectativa
En definitiva, la resiliencia en la popularidad de Javier
Milei no se explica por el bienestar material de su electorado en el presente,
sino por una compleja arquitectura de expectativas, cambio de época y un
profundo hartazgo social. El presidente ha logrado que una porción mayoritaria
de la sociedad acepte el dolor económico como el costo ineludible para
desmantelar un sistema que consideraban agotado.
Sin embargo, este fenómeno paradojal se sostiene sobre un
delicado equilibrio. El apoyo popular no es un cheque en blanco inagotable,
sino un crédito a cuenta de resultados futuros. El gran desafío del modelo
libertario es lograr que la macroeconomía ordenada se traduzca, antes de que se
agote la tolerancia social, en una recuperación palpable de la economía real.
Mientras tanto, el Gobierno sigue avanzando sobre un pacto de confianza
inédito: el de una sociedad dispuesta a soportar las carencias del presente
apostando todo al futuro, confirmando que, al final del día, son los argentinos
campeones de la esperanza.


