Desde sus visitas al "Ohel" en Queens antes de
asumir, hasta sus lágrimas en el Muro de los Lamentos, Javier Milei ha dejado
claro que su norte no es solo el de la Escuela Austríaca de economía, sino
también el de una espiritualidad judía ortodoxa vinculada al movimiento
Jabad-Lubavitch. La figura de Menachem Mendel Schneerson, el séptimo Rebe, es
la clave de este enigma. Pero, ¿qué busca un presidente nacido en el
catolicismo en el líder de una comunidad que predica la fuerza del individuo y la
transformación global?
La mística del líder: ¿Por qué el Rebe?
Schneerson no fue un rabino convencional; fue un líder que
transformó un movimiento diezmado por el Holocausto en una red global de
influencia. Para Milei, el Rebe representa la soberanía del individuo frente al
colectivismo y la idea de que un solo hombre, con la convicción adecuada, puede
cambiar el destino del mundo. Esta narrativa encaja con el relato del
"león" que enfrenta a las estructuras establecidas. Sus defensores
ven en esto una brújula moral inquebrantable; sus críticos, un mesianismo que
podría nublar el pragmatismo que requiere la jefatura de Estado en tiempos de
crisis.
El tablero geopolítico y el costo de la alineación
La veneración de Milei ocurre en el momento más caliente de
Medio Oriente en décadas. Argentina ha pasado de una "neutralidad
ambigua" a una alineación total con Israel y Estados Unidos.
Este giro ha
generado reacciones diversas en la comunidad internacional. Mientras que en
Washington sectores del Partido Republicano ven con entusiasmo a un aliado
ideológico sin fisuras, en las cancillerías europeas la mirada es más
cautelosa. Advierten que este "sobre-posicionamiento" rompe con la tradición
de equilibrio que América Latina ha mantenido para evitar quedar atrapada en
guerras de religión y territorio.
La sombra de la AMIA y el factor Irán
Argentina no habla desde la teoría pura. Las explosiones de
la Embajada de Israel (1992) y la AMIA (1994) son recordatorios sangrientos de
que el conflicto en Medio Oriente tiene antecedentes trágicos en suelo
nacional. La justicia argentina ha señalado históricamente al régimen iraní
como autor intelectual de estas masacres.
En este contexto, organismos de inteligencia occidentales
siguen de cerca los gestos del mandatario. La hipótesis de los críticos es
frontal: ¿Es prudente personalizar tanto la fe cuando el país ya ha sido blanco
del terrorismo internacional? Para el Gobierno, la respuesta es el coraje
moral: no se puede ser neutral frente al terror. Sin embargo, el desafío para
la seguridad interna es inmenso al blindar un país con heridas que aún no
cierran.
Más allá de lo místico, existe una lectura económica. Wall
Street interpreta esta cercanía con el eje judeocristiano occidental como un
"ancla de confiabilidad" para el capital financiero internacional, y que aleja a la Argentina de alianzas con
Rusia o Venezuela.
No obstante, este alineamiento total también plantea
desafíos en la relación con China, principal socio comercial y comprador de
materias primas, obligando al país a caminar por una cornisa muy fina entre su
nueva identidad espiritual y sus necesidades comerciales urgentes.
¿Es Milei un converso espiritual genuino o utiliza la
simbología de Lubavitch para cimentar una alianza geopolítica? Probablemente
ambas. Lo cierto es que el "Rebe" de la Casa Rosada ha cambiado las
reglas de juego.
Argentina hoy no solo exporta granos; hoy exporta una postura
ética que la sitúa en la primera línea de un conflicto milenario. La gran duda
que queda flotando en el humor social es si el país está preparado para las
consecuencias de haber abandonado, definitivamente, su histórico perfil bajo en
el escenario global.



