Por Luis O. Vasta,
periodista médico
En la historia de la
medicina, existen leyes escritas en los códigos de ética y leyes no escritas
grabadas en la memoria del corazón. Para quienes se formaron en las facultades
de los años 70, bajo la tutela de maestros que no solo transmitían ciencia sino
también humanismo, la relación entre colegas siempre fue sagrada. El par no era
un competidor, ni un extraño, ni mucho menos un número de afiliado: era un
hermano de oficio.
Sin embargo, en este
2026, nos encontramos frente a una encrucijada cultural. La medicina, cada vez
más mediada por la gestión administrativa y la urgencia burocrática, parece
estar perdiendo ese antiguo rito de la cortesía médica.
Del "Pasa,
Colega" al "Hable con mi Secretaria"
No hace mucho tiempo, el
encuentro entre dos médicos —incluso aquellos ya jubilados que entregaron su
vida al hospital público— se sellaba con un apretón de manos y una atención
inmediata. Hoy, esa mística se desdibuja. Es cada vez más frecuente escuchar
anécdotas donde un profesional, al solicitar una intervención menor a un
antiguo compañero de guardia, recibe como respuesta un frío derivamiento a la
secretaría administrativa para verificar la cobertura de su obra social.
Incluso en la angustia de
una consulta familiar, donde el médico busca en su par un refugio de confianza
para un ser querido, la respuesta suele ser la misma: la imposición del turno
remoto y el filtro, a veces áspero, del personal administrativo.
Estos episodios no deben
leerse como ofensas personales, sino como síntomas de una despersonalización
del vínculo. Cuando el sistema administrativo se vuelve más robusto que el lazo
humano entre colegas, la medicina pierde parte de su esencia.
La Dignidad de una
Formación
La generación del 70
sostiene una premisa que hoy parece revolucionaria: la asistencia al colega es
un honor, no una carga. No se trataba de evadir el sistema, sino de honrar una
jerarquía de afectos y respeto mutuo que mantenía en alto la dignidad de la
profesión.
Retirarse en silencio
ante el destrato no es un acto de soberbia, sino de coherencia. Es la
afirmación de que el médico, aun fuera del ejercicio activo, sigue portando la
dignidad de sus maestros. No se busca un privilegio económico —muchas veces se
posee la misma cobertura social que el prestador—, se busca el reconocimiento
de una identidad compartida.
Un Puente hacia el Futuro
Esta nota no pretende ser
un reproche hacia las nuevas generaciones, inmersas en un sistema de salud que
los presiona y los agota. Es, más bien, una invitación a recordar.
Recuperar el trato
preferencial hacia el colega, especialmente hacia aquel que ya ha recorrido el
camino y hoy goza del descanso, es una forma de cuidar la salud de la propia
profesión. La medicina es, ante todo, un acto humano. Y si no somos capaces de reconocernos
y cuidarnos entre nosotros, será difícil pedirle al sistema que nos cuide a
todos.
Mantener esa llama de la
vieja escuela es, quizás, la última gran lección que los médicos de ayer pueden
ofrecer a la medicina de mañana.




